Viernes de Dolores
El sol se despierta alegre y retozón, jugando al escondite con las nubes que le persiguen y le alcanzan sin lograr sujetarle. Es un día de primavera.
Desde muy temprano los hermanos de la Vera Cruz esperan a la puerta de la capilla. Comienzan a llegar las devotas de la Dolorosa.
En la calle de la Compañía unos enchinarradores arreglan el pavimento a toda prisa para la procesión de la noche.
En la Plaza de Anaya, y en el Patio de Escuelas, los estudiantes reunidos en grupos, esperan a que pase la hora de entrar en clase. El profesor, después de unos minutos de espera, tira de la campanilla y entra el bedel que dice al profesor lo que pasa.
La solitaria calle del Prior se anima. Devotas que van a la fiesta de la Cruz provistas de silletín, señoras a quienes acompaña la criada con una cómoda silla, mujeres de los pueblos próximos con sus fuertes mantones y sus colocados pañuelos en la cabeza.
Extraordinaria animación en las confiterías. Desde las primeras horas de la tarde, el Campo de San Francisco se anima con la gritería de los chicos que saborean ansiosamente el primer día de vacación.
Sigue llegando gente a la Cruz. La dorada Capilla está constantemente llena de devotas, y las luces que hay ante la venerada imagen, lucen como en ninguna otra iglesia.
En la Plaza de Monterrey, la multitud se extasía haciendo comentarios sobre la instalación eléctrica que hay en casa de Doña Gonzala Santana.
Empiezan a pasar acompañantes para la procesión, que llevan velas preparadas. Niñas, vestidas de blanco, nazarenos, que llevan la túnica envuelta en un pañuelo.
Los árboles de las Úrsulas elevan sus ramas al cielo pidiendo clemencia.
Los mendigos pululan por todas partes.
A primera hora, daba miedo entrar en la Cruz, cuya puerta habían tomado militarmente.
Un portugués alto y desmadejado como un negro; una mujer con las narices hechas una llaga; una madre con unos chicos raquíticos; otra, renegrida y enferma, dando el pecho a una criatura…
A media tarde un cabo de municipales los echó de allí, y ellos, mansamente, abandonaron su puesto y se dispersaron por los alrededores.
Sale a la calle un nazareno; los devotos que esperan en el pretil del Campo se agitan curiosamente, los chicos empiezan a gritar, se abren las puertas de la Cruz.
Sale la procesión.
En la plaza, una multitud inmensa que pasea mientras la procesión llega y que entretiene el tiempo con frecuentes salidas hasta la Plaza de Monterrey. Los balcones empiezan a iluminarse. Poco a poco se van llenando de gente. Entra la Dolorosa, que pasa lentamente sobre las cabezas de los devotos arrodillados, da la vuelta a la Plaza sale por la calle del Prior, va después por las Úrsulas y vuelve a la dorada capilla de la Cruz.
Estamos en Semana Santa.
JUAN DE SALAMANCA