Jueves y Viernes Santo
Jueves y Viernes Santo
Jueves.
Un día de primavera.
Muy temprano, los oficios en la Universidad. La aristocrática capilla resulta insuficiente para el gran número de devotos que a ella acuden.
Difícilmente se puede respirar. Una señorita es víctima de un síncope. El Doctor don Ricardo Díez, que está en la capilla, sale a prestar sus auxilios a la enferma, que se reanima prontamente al recibir el aire de fuera.
Terminada la misa, los doctores suben a tomar chocolate a la sala del Claustro.
En las parroquias se celebran los oficios, notándose bien pronto la falta de forasteros, especialmente en la Catedral, otros años inundada por gentes de todos los pueblos de la provincia. Este año, no solo no hay forasteros, sino que falta mucha gente de Salamanca que seguramente ha ido a Zamora o a otros sitios.
Salamanca, parece desierta, aun teniendo en cuenta que son días en que todo el mundo se echa a la calle.
Cuantos salieron el jueves a visitar los monumentos, se convencerían de lo que digo.
Había algunas iglesias en que se veía concurrencia, pero eran muy contadas las caras que conocíamos todos.
Aquellas pandillas de charras que iban de una iglesia a otra, dando animación a las calles, han desaparecido y quiera Dios que la desaparición sea solo por este año.
Malo es que las gentes aprendan otro camino, y que lo han aprendido, lo demuestra la desanimación del jueves.
Claro que hubo algunos charros; como hubo algunas muchachas elegantes, y hasta hubo algunas chisteras, pero todo, como la chistera, parece que tiende a desaparecer.
Lamentémoslo, aunque no sea por la chistera.
Viernes.
Una gotas de agua al comenzar el día, y un cielo que se despeja al poco rato, pero que después continúa amenazando toda la mañana.
En las parroquias se celebran los oficios, con la desanimación del día anterior.
A las once sale de San Julián el Vía-Crucis que recorre su acostumbrada marcha.
Por la tarde se repite la escena de la mañana. Unas gotas de agua, un cielo plomizo y amenazador y después el sol que brilla claramente, desapareciendo las nubes.
A la Cruz van llegando las Cofradías y preparándose para la salida de la procesión.
Los cofrades de San Julián, poniéndose las túnicas y celebrando junta en el convento de las Viejas.
La reunión valdría la pena de ser detallada si el espacio lo consintiera. Los nazarenos llegan, se regazan el pantalón, se quitan el sombrero y se ponen la túnica y capucha. Con las largas túnicas recogidas, las caretas levantadas y reunidos en el pequeño patio del convento, parecían grupos de árabes celebrando una junta.
La luz cenital cae vivamente sobre las blanqueadas paredes, que la despiden sobre las moradas túnicas.
Reunida la Hermandad en la capilla del convento, el párroco y los diputados se sientan ante una mesita, y allí se celebra la reunión. Después van a buscar el paso, dirigiéndose luego a la Cruz, de donde sale la procesión.
Todas las calles del trayecto están llenas de gente, entre las que abundan las clases modestas de Salamanca y los aldeanos de la provincia.
Las gentes acomodadas ocupan los balcones, viéndose algunos atestados, como platea en función de tarde.
A las ocho de la tarde llega la procesión a la plaza, presenciando el paso infinidad de gentes. Las nuevas andas de San Julián son el objeto de todas las miradas y de todos los aplausos.
Por fin regresa la procesión a la Cruz, volviendo a sus iglesias el paso de San Julián y los de las Angustias y Jesús Rescatado.
Ruido, voces, salvas… los chicos que van a las iglesias a buscar agua bendita para lanzar a los demonios de las casas, donde se han metido estos días, mientras la gentes andaban por la calle.
Circo, toros, teatro, cine… Salamanca compitiendo con la Villa y Corte.
Me río yo del lujo y quien lo trujo.
JUAN DE SALAMANCA