La Semana Santa
Domingo.– La Mañana está desapacible.
De tiempo en tiempo se ven por las calles patrullas de chicos con ramas de laurel.
Laurel bendecido, del que en todas partes se pone en las ventanas, en las camas y en los rincones de las casas para ahuyentar al demonio.
Por la tarde las devotas van a ver el paso de San Julián compadeciendo a Jesús con su faz de sufrimiento, y otras diciendo pestes de los judíos.
Lunes, martes y miércoles.– El tiempo va empezando hasta hacerse insoportable.
Los salmantinos que estamos en el secreto sabemos que son los judíos los que han revuelto el tiempo.
Ellos pasan todo el año encerrados en un almacén contiguo a la capilla de la Cruz y allí no pueden hacer de las suyas, pero en cuanto los sacan a la calle para colocarlos sobre las andas, sin que nadie sepa cómo, revuelven el tiempo.
Jueves.– El día amanece cubierto de espesos nubarrones que desde muy temprano arrojan agua a cántaros sobre la tierra.
Un viento helado nos hace creer que estamos en riguroso Diciembre.
A medida que el día va entrando la temperatura va descendiendo más y más.
Agua, nieve, granizo. Detrás de un balcón una muchacha de cara simpática y ojos llorosos, mira al cielo preguntando qué falta ha cometido para que no le permitan estrenar una preciosa mantilla en la que tenía puestas todas sus ilusiones.
Por toda contestación mandan del cielo agua y nieve sin descanso.
A las cuatro el cielo recoge toda su luz y la ciudad aparece completamente a oscuras.
Algunos devotos que se han atrevido a salir se refugian en los templos huyendo del granizo que cae copiosamente.
La granizada arrasa toda una hermosa cosecha de mantillas y produce más llantos que si hubiera arrasado una cosecha de trigo.
A las puertas de las iglesias los mendigos se entregan a la burguesa murmuración, pensando en lo mal que se pone todo con estos gobiernos.
Viernes.– Cambio de decoración.
El día amanece casi agradable.
Los hermanos de la Cruz y de San Julián salen de cofradía a hacer el Vía Crucis.
Los de la Cruz son todos obreros con rarísimas excepciones.
Los de San Julián son aristócratas: capitalistas, médicos, abogados, ganaderos, profesores y algunos obreros con aspecto de acomodados.
En los capuchinos hay sermón de la Soledad. Los fieles llenan por completo la reducida iglesia.
El calor es tan sofocante que una señora se siente repentinamente enferma.
En la plazuela de Monterrey al querer volver un paso frente a una gran cruz que ha colocado la “Unión Electricista”, los nazarenos que van cargando atropellan a un niño, asustando a los curiosos ante el temor que el paso viniera al suelo.
En las calles hay menos animación que un domingo cualquiera.
La distinguida maestra de N. y la no menos distinguida boticaria de H. que otros años nos visitaban acompañadas de lo más aristocrático de sus pueblos no se han atrevido a salir de casa este año.
La cofradía de la Soledad celebra nueva procesión este año.
La inmensa nave de Santo Domingo está completamente llena.
Casualmente este año no ocurre algún accidente porque la plazuela está a oscuras y llena de materiales de construcción.
La larguísima fila de señoras que van alumbrando y el imponente aspecto de los cofrades con sus nuevos trajes, dan a la procesión un aspecto solemne y verdaderamente religioso.
La noche es más tolerante que el día para todo y oculta lo que debe ocultar dando realce y hermosura a lo que merece verse.
Un doctrino, que parece una persona inteligente, pide que salga en la procesión del Entierro un hermoso Cristo de Carmona que está en la sacristía de la Clerecía.
El ruego merece ser atendido siquiera para que no ocurra lo que con todo y haga pensar a todos que las cosas de valía no merecen ser vistas por los de casa y han de estar reservadas para los extranjeros que nos visiten.
FERNANDO FELIPE