El Miércoles de Ceniza marca el inicio de la Cuaresma, uno de los periodos más señalados del calendario litúrgico del mundo católico. Las cofradías penitenciales de toda España llevan tiempo preparando los actos programados para las próximas semanas, cuyo colofón será la Semana Santa. En nuestra ciudad, pocos días después de la festividad de los Reyes Magos, comienzan a realizarse actividades y preparativos, algunos de puertas adentro y que no tienen repercusión pública y otros, recogidos por las distintas redes sociales especializadas en el tema. El caso es que un nuevo periodo de Cuaresma se abre y con él vuelven a aparecer los problemas y las ilusiones habituales. Realizar con dignidad todos los actos previstos es una tarea costosa, tanto en recursos económicos como humanos, si bien la cuestión económica suele tener mejor solución que la falta de personas que sostengan el entramado cofrade. Son multitud los trabajos necesarios para llevar a buen puerto lo planificado, que deben ser realizados por los miembros de las cofradías: limpieza, orden, traslados, montajes, preparación de actos. Y no siempre resulta fácil encontrar a personas dispuestas a arrimar el hombro, colaborando en todas estas actividades. “Siempre somos los mismos” suelen comentar los que soportan el grueso de los trabajos de las hermandades, por más que la nómina de la cofradía presente un número de hermanos suficientemente amplio. Por lo que se escucha a algunos responsables de las hermandades, se vislumbra una Semana Santa con menos participantes en las calles, siguiendo una tendencia de algunos años atrás y que la obligada interrupción de la pandemia ha justificado en cierto modo. Sin embargo, no todas las cofradías padecen este problema. Algunas siguen manteniendo un número de afiliados bastante alto teniendo en cuenta el lugar donde nos encontramos, así como las cofradías de reciente creación, que viven un esplendor que deseamos se mantenga en el futuro. En la pasada edición de Fitur, la feria internacional de turismo que se celebra cada año en Madrid, el alcalde de Salamanca presentaba la Semana Santa salmantina del presente año mencionando una cifra: 10.000 cofrades repartidos entre las dieciocho cofradías que desfilan en ese periodo. Imagino que dicho dato le habrá sido facilitado por la Junta de Semana Santa y que, quizás, no esté debidamente actualizado. Y dándolo por cierto, todos los que vivimos nuestra Semana Santa intensamente, sabemos que son muchas las personas que pertenecen a varias hermandades lo que restaría a la cifra citada una importante cantidad. Cada ciudad tiene su propia sensibilidad en Semana Santa. Zamora, una de las capitales de provincia más pequeñas de nuestra comunidad autónoma, tiene más cofrades que Valladolid, cuya celebración es también muy importante. Siguiendo en ese ranking, León, una ciudad similar en cuanto a población a Salamanca, cuenta con una nómina cofrade mucho más numerosa y Burgos, otra capital con un número de habitantes parejo, cuenta con una de las cifras más bajas de participantes en las procesiones penitenciales. El resto de capitales, de población inferior a las ya citadas, se reparten los números en sus respectivas nóminas de manera dispar, sin llegar a acercarse a las cuatro primeras. Todo esto debería hacer reflexionar a quien puede intentar remediar el incesante goteo de deserciones, lento por ahora, de cofrades en nuestra Semana Santa. Una tarea compleja y nada fácil para la que no se atisban soluciones y es por eso por lo que choca el optimismo de los políticos con una celebración a la que prestan atención como un elemento de difusión turística, sin que puedan ejercer influencia alguna, más allá de alguna que otra subvención y facilitar el transcurso ordenado de los cortejos por las calles. Que no es poco. El reto ya está planteado desde hace tiempo, modificar la deriva, harina de otro costal. Febrero 2023